Hasta que el formateo nos separe

¿Acepta a este robot como esposo, amante o compañero sentimental?” En el futuro tenderemos a responder “sí, quiero”. Lo dice un auténtico geek que se ha tirado 30 años estudiando cómo juegan los robots al ajedrez, con 40 libros sobre el tema en su haber. Tal como Deep Blue, al parecer una sexy autómata de ojos azules y glúteos de titanio, venció a Kasparov en 1997, Levy predice que las máquinas pueden ser igualmente triunfantes en el campo del amor. La tesis central de “LOVE AND SEX WITH ROBOTS” es que para el año 2050 enamorarse de un robot será algo tan normal como hacerlo de un humano. Para ello ha analizado las causas del enamoramiento. A saber: encontrar a alguien con un carácter similar al nuestro, con una personalidad y un físico que nos resulten atractivos, con la habilidad de satisfacer muchas de nuestras necesidades y envuelto en cierto misterio morboso,… Hasta ahí llega el sentido común, pero lo que defiende David Levy es que, si separamos estos componentes, una máquina con inteligencia artificial puede ser programada para cumplir todos estos requisitos.


En primer lugar, ¿podemos programar un robot para seducir? Sin duda, dado que cada vez somos menos exigentes en este ámbito. En el terreno de la química cerebral, un robot puede –siempre teóricamente-estimular nuestros receptores de dopamina hasta un estado de ebullición mediante docenas de operaciones programables. Operaciones que llamamos “estrategias de seducción”, algunas tan simples como cocinar nuestro plato favorito, sonreírnos pícaramente o hacer halagos sobre nuestro peinado. ¿Somos tan poco exigentes? ¿Acaso no hay gente que dice enamorarse a través de Internet? Un robot capaz de analizar nuestra actividad cerebral sabría al momento si está por el buen camino y Levy aduce que en un futuro próximo la gente llegará a pagar por experimentar estas emociones.



En este punto cabe preguntarse si no encontraremos que el amor y el sexo con robots adolecen de toda conexión emocional. Levy opina que eso no es suficiente para detenernos. Basta por pasarse por un bar cualquier un viernes por la noche. La conexión emocional entre cobras y mangostas, o entre buitres y conejos, por decirlo de alguna manera, es más bien poquita, ¿o no? Es nuestro cerebro el que crea esa conexión ilusoria para alcanzar una satisfacción de orden más bien genital. Levy enumera una lista amplia de hipotéticas ventajas de beneficiarse a un robot, entre ellas su mayor habilidad para mejorar su propia capacidad sexual, así como orgasmos mejor fingidos, intensísimos y eternos, y sexo para todos (24/7). “Los beneficios sociales y psicológicos serían enormes”, opina este geek. “Si nuestros deseos naturales de amor y sexo pudieran ser satisfechos, sin duda el mundo sería un lugar mucho más feliz”. Relaciones sin compromisos, sin decepciones,…, tan asépticas como una partida de ajedrez. Levy, vete más a la playa. Y yo igual sigo jugando a las damas

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