
En primer lugar, ¿podemos programar un robot para seducir? Sin duda, dado que cada vez somos menos exigentes en este ámbito. En el terreno de la química cerebral, un robot puede –siempre teóricamente-estimular nuestros receptores de dopamina hasta un estado de ebullición mediante docenas de operaciones programables. Operaciones que llamamos “estrategias de seducción”, algunas tan simples como cocinar nuestro plato favorito, sonreírnos pícaramente o hacer halagos sobre nuestro peinado. ¿Somos tan poco exigentes? ¿Acaso no hay gente que dice enamorarse a través de Internet? Un robot capaz de analizar nuestra actividad cerebral sabría al momento si está por el buen camino y Levy aduce que en un futuro próximo la gente llegará a pagar por experimentar estas emociones.
En este punto cabe preguntarse si no encontraremos que el amor y el sexo con robots adolecen de toda conexión emocional. Levy opina que eso no es suficiente para detenernos. Basta por pasarse por un bar cualquier un viernes por la noche. La conexión emocional entre cobras y mangostas, o entre buitres y conejos, por decirlo de alguna manera, es más bien poquita, ¿o no? Es nuestro cerebro el que crea esa conexión ilusoria para alcanzar una satisfacción de orden más bien genital. Levy enumera una lista amplia de hipotéticas ventajas de beneficiarse a un robot, entre ellas su mayor habilidad para mejorar su propia capacidad sexual, así como orgasmos mejor fingidos, intensísimos y eternos, y sexo para todos (24/7). “Los beneficios sociales y psicológicos serían enormes”, opina este geek. “Si nuestros deseos naturales de amor y sexo pudieran ser satisfechos, sin duda el mundo sería un lugar mucho más feliz”. Relaciones sin compromisos, sin decepciones,…, tan asépticas como una partida de ajedrez. Levy, vete más a la playa. Y yo igual sigo jugando a las damas…
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